Una pareja abandona las guerras, las pandemias y el caos de la ciudad para refugiarse en el campo. Lo que comienza como una aventura soñada —pacífica, bucólica, casi idílica— termina transformándose en un espacio asfixiante y claustrofóbico. En Zorra (Sexto Piso, 2026), su más reciente novela, Gabriela Jauregui explora, a través de la naturaleza y sus metáforas, el desgaste de la convivencia, las grietas del amor romántico y los impulsos que laten bajo la superficie de la civilización. Porque, como dice la autora para La Cadera de Eva, la novela también es un recordatorio de que nunca dejamos de ser salvajes.
Empecemos con el título: Zorra. Además de lo literal, de la zorra que, en efecto, aparece constantemente en la historia, también es una palabra con una carga simbólica fuerte, no es neutral.
Claro, sí, exacto. Hay una zorra real, con cuatro patas, cola y orejitas. Sí. Pero, claro, la carga simbólica de ese animal es muy grande en muchas culturas, no necesariamente sexual, aunque a veces sí. Es decir, en algunas culturas sí tiene una carga específica relacionada con el deseo y la sexualidad muy particular (aunque no necesariamente misógina, como cuando alguien llama a una mujer zorra en nuestro contexto en México).
Está todo eso allí y esta es como una especie de reivindicación de esa palabra en nuestro contexto.
¿Cómo nace Zorra?
Es un animal que me ha obsesionado desde hace muchos, muchos años. En mi primer libro de cuentos ya había un cuento de una zorra. Como que siempre se inmiscuye por ahí la figura de la zorra. Esta figura que, como te digo, está llena de simbolismos en muchas culturas, pero también se acerca mucho a la civilización y, al mismo tiempo, escapa de ella, por la forma en la que nos hemos expandido los humanos a territorios donde tradicionalmente vivían ellos.
No sé si te acuerdas de estas imágenes muy locas de la pandemia de los zorros rojos, preciosos corriendo por Londres. Esta idea de que siempre están al borde de lo civilizado, pero participando de lo salvaje. Y, muchas veces, difuminan esos límites.
Hay algo de ese desplazamiento que mencionas que también está presente durante todo el libro, forzada o no. ¿Estuvo la idea de la migración, del desplazamiento de personas en la genealogía de la novela?
Sí, incluso como parte de la zorra. Pero empiezan a llegar estos otros personajes y esta idea de un desplazamiento, digamos, a la inversa. ¿Quién tiene el privilegio además de poder desplazarse así? Generalmente, el desplazamiento que sí es forzado —por temas económicos generalmente o bélicos— es del campo a la ciudad.
¿Quién se puede dar el lujo de mudarse de la ciudad al campo? Claro, hay muchas cosas bonitas que suceden en esa repoblación del campo, pero bueno, en el caso de ellos [la pareja protagonista] sí es un privilegio. Ellos son artistas, tienen suficiente dinero para hacerlo y eso está muy claro en la novela. Además, tienen una fantasía de lo que es el campo y el campo es muy distinto de su fantasía. Finalmente, se topan de frente con la realidad, de que el campo es mucho trabajo: mantener cosas vivas cuesta mucho trabajo.
Incluso la casa tiene una parte violenta, hasta me acordaba de Casa tomada. O la escena de la gallina, como la Gallina degollada de Horacio Quiroga. Hay una parte muy salvaje en el entorno y ellos van entrando, a su vez, en ese terreno salvaje.
Sí, por ejemplo, yo quería que él fuera un pintor, porque la naturaleza que, a menudo nos presentaban idealizada, era, otra vez, esta naturaleza desdentada. Es decir, todo lo precioso sin nada del filo de la naturaleza, que tiene mucho filo. Yo quería que aquí llegaran los dientes bien filosos, confrontarlos.
Porque ellos dicen: “Qué bonitas, quiero tener mis gallinas”, pero ¿qué pasa cuando no dan huevos? Y luego: “Qué bonita mi cabaña”, pero ¿de quién era esa cabaña? ¿cómo fue que llegó ahí?
Como que todo es muy cómodo hasta que te haces tres preguntas o le rascas un poquito a la superficie.
Quería que fuera poco a poco, ciertas fantasías volviéndose cada vez más perturbadoras. (Gabriela Jauregui.)
Hay en los personajes principales un desconocimiento, digamos, de los contextos, muy del capitalismo tardío, muy urbano, que no tenemos idea de dónde vienen las cosas. Como si solo estuvieran ahí, como si siempre hubieran estado. Y está este personaje que irrumpe en escena y que viene, al menos por lo que creemos, de ese pasado, viene a recordarnos esa historia.
Claro, y lo hacemos todo el tiempo. Con nuestros celulares, por ejemplo, no sabemos ni de dónde viene cada pedazo de nuestro celular ni cómo se descompone o cómo lo arreglaríamos. Todo lo entregamos, estamos como expoliados de esos saberes.
Incluso el pollo —para quienes comen pollo o carne—, las verduras —si eres vegetariano o vegano—; crecer esas verduras que comemos implica un montón de trabajo y de saberes de los cuales hemos sido, la mayoría de las personas que habitamos las ciudades, completamente expoliados. Y, al mismo tiempo, las personas que tienen esos saberes son completamente explotadas.
La visitante es un poco esa figura que nos recuerda de manera muy simbólica lo que está tras bambalinas de esa materialidad.
¿Y cómo llegas como escritora a Zorra? Porque has tenido un recorrido que pasa por la poesía, los ensayos, la edición, luego una novela larga siempre atravesada por la lucha de las mujeres y Zorra parece ser algo distinto.
Quizá está alejado en la textura, en cómo se cuenta, pero creo que, en el fondo, no está tan alejado.
Al final, la violencia en contra de las mujeres tiene que ver con un afán de domesticación de nuestro deseo, de nuestros cuerpos y eso está aquí de manera más de fábula o más mito. (Gabriela Jauregui)
El trasfondo de lo que me preocupa —de lo que nos preocupa—, de la lucha por la emancipación, tiene que ver con este afán muy cabrón de matar, de domesticar y de acabar con nuestro deseo, con nuestros cuerpos y nuestras vidas. Este es un ángulo, una pequeñísima rendija por la cual podemos mirar.
Han inventado esta falsa separación de nosotras con la naturaleza y esta novela también nos recuerda que es un artificio. Uno que nació a la par de muchos otros artificios, que se construyen para oprimir a algunos y para poner a otros, que ya sabemos quiénes son, al centro.
Y lo mismo ocurre separándonos de nuestros vínculos con la naturaleza. Ahí que vemos lo que está sucediendo: las mujeres, los niños, las niñas son las primeras cuyos cuerpos son destruidos, las juventudes. Y también el territorio.
¿Qué está pasando en nuestro mundo? se incendian bosques, se secan los manantiales. Esas temáticas, que están de otras formas representadas en otros de mis trabajos, también están en Zorra. Y el deseo. El deseo femenino tiene un protagonismo enorme.
¿Cómo dialoga el activismo con la literatura?
Así como lo estamos haciendo.
Bueno, me refería a cómo dialogan en tu vida, en tu oficio.
A veces, como en el caso de Tsunami o de Feral es como un diálogo que se siente muy directo. Aquí tiene más curvas, más diagonales, pero para mí el tema de los derechos de las mujeres es una actividad cotidiana, un cómo estar en el mundo, una pregunta cotidiana.
La palabra activismo es muy grande, y lo que yo hago son cositas muy chiquitas, pero sí dialogan de formas oblicuas, a veces. Al final del día, la escritura es solitaria, estás ahí, en tu compu o en tu cuaderno, y yo creo que el activismo tiene este lado de activar. Para eso tienes que salir a la calle, tienes que hablar con tu vecina, funciona de dos maneras distintas, Pero luego, claro, hay momentos en los que se juntan.
¿Y has visto avances a partir del feminismo en el mundo de las letras?
Como se sabe, no hemos llegado a ningún tipo de equidad aún. Ni en el mundo ni en las letras, ni tendrían por qué las letras ser una excepción si lo que hacemos es un reflejo del mundo y del contexto en el que estamos.
Ahora, habiendo dicho eso, creo que es de celebración compartida que, desde medios como ustedes, hemos ocupado más espacios, hemos podido tener más conversaciones y por ende, claro, se han abierto cada vez más espacios para mujeres en la literatura y de eso participamos todas. Desde quienes nos leen, quienes compran los libros, quiénes los editan, quienes escribimos. Sí creo que ha habido un cambio.
No podemos decir que ya triunfamos y la lucha ha terminado: sería una mentira. Pero también sería una mentira decir que todo sigue igual. Felizmente, tú lo debes de ver, hay muchas mujeres escritoras, hasta el punto de que algunos se quejan. Sí hay más espacios, sí estamos más presentes, sí hay más libros publicados, sin duda. Y eso yo lo celebro infinito. No solo porque somos mujeres, sino porque las historias que contamos ofrecen otros puntos de vista, traen otros temas a la conversación, que son urgentes. Y eso no les quita espacio a los señores.
¿Qué parte de la novela disfrutaste más escribir? ¿Hay una escena, un capítulo, una imagen que fue particularmente gozosa?
Fue muy gozosa la escritura de este libro. Como es algo muy contenido y pequeño, me dio una gran libertad para dejar que los personajes hicieran lo que quisieran. Sobre todo las escenas de deseo, sexo, erotismo, las disfruté mucho. A ver si la gente disfruta leyéndolas.
Yo me la pasé muy bien escribiendo todo el libro, pero la parte más difícil fue el final. Porque yo quería un final muy alegre, muy feliz. Pero, en realidad, no podía salir todo también. No había forma de que sea feliz, feliz. Pero, bueno, sin spoilear. Mejor, si quieren saber qué pasó, léanlo.

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