María tiene 94 años, tuvo 6 hijas y un hijo, fue abuela en trece ocasiones y bisabuela en cuatro. Entre los 15 y los 85 años realizó trabajo de cuidados, primero con sus hijas, después con las y los nietos y, entre los 70 y 85 cuidó a su esposo enfermo y después a su madre quien murió a los 104 años. Actualmente tiene dificultades de movilidad y requiere cuidados y acompañamiento, estos corren a cargo de las cuatro hijas que aún están con vida y cuyas edades oscilan entre los 80 y los 69 años. María tiene que pasar temporadas con cada hija, conviviendo con nietos de entre 30 y 56 años y con bisnietos adolescentes.
Más personas que requieren cuidados
La composición de las familias y sus arreglos para la cohabitación han variado en el tiempo. El Instituto Nacional de Estadística y Geografía reportó que en 2023 existían 38.9 millones de hogares. Aunque los datos señalan que el promedio de integrantes por familia se ha reducido en las últimas décadas (actualmente es de 3.4 personas), desde el 2016, la proporción de personas mayores que los integran se ha incrementado en 21.3%.
Casi una tercera parte de los hogares en nuestro país son ampliados, es decir, incluyen un núcleo básico, más otros parientes (INEGI, 2026). Poco más del 60% de las personas mayores forman parte de ese tipo de hogar y, de esa totalidad, una tercera parte habita con otros parientes y otro tercio vive con otras personas, familiares o no, que son dependientes y que requieren de cuidado (Jiménez, López y Viruegas, 2025, p. 54). Los datos nos ayudan a comprender la complejidad de la situación, pues dentro de ese grupo de hogares, en el 37% había dos personas que requerían cuidados, en el 15.8% tres y en 7.5%, cuatro o más personas (INEGI, 3 de octubre de 2023, p. 14).
En familias ampliadas, la cohabitación de tres generaciones es común. Sin embargo, con mayor frecuencia, conviven dos generaciones de personas mayores. De tal forma que, además del cuidado de infancias o adolescencias, es frecuente encontrar personas mayores cuidando a otras personas mayores que requieren cuidados de largo plazo o adultas que tienen la responsabilidad de cuidar a dos o más personas mayores.
Cuidar en condiciones de desigualdad
Vivir y cuidar en un hogar multigeneracional puede ser muy positivo en términos de recursos compartidos, apoyo emocional y, aparentemente, una mayor posibilidad de distribución del trabajo de cuidado. Sin embargo, esta composición familiar trae consigo problemáticas y tensiones en distintos niveles. Por ejemplo, para muchas mujeres de entre 40 y 60 años, habitar con infancias y vejeces representa una doble carga de trabajo de cuidados que, para muchas, se suma a la responsabilidad de ser jefas de familia. Por otro lado, cuando padres/madres e hijos/hijas adultos/adultas envejecen a la par, ambos ven disminuida la disponibilidad de recursos de cuidado. Por otro lado, cuando algún o algunos miembros de la familia requieren cuidados de largo plazo, la situación se complejiza aún más porque estos son intensos y demandantes física, emocional y económicamente para las personas que los brindan.
Aunque la tendencia revela un aumento de los hogares unipersonales y la disminución de los hogares ampliados, las características del cambio demográfico transformarán estos últimos en convivencia intergeneracional mediada por la falta de recursos económicos, de acceso a servicios de protección social y de salud, por la precariedad del tiempo y por un entorno político que no logra consolidar estrategias para dar respuesta a la urgente necesidad de la reorganización social del cuidado.
Para los hogares de ingresos medios, la corresidencia multigeneracional puede ser una opción viable para optimizar los recursos económicos familiares. Pero cuando la superposición entre generaciones aumenta, las necesidades también y, con ello, la posibilidad de tensiones entre quienes llevan la responsabilidad del cuidado y quienes lo requieren.
Frente a este escenario, resulta necesario visibilizar las realidades que enfrentan las personas que integran los hogares ampliados, especialmente las mujeres, a quienes recae una doble o triple carga de cuidado. No debemos olvidar que quienes hoy cuidan con intensidad y pertenecen al grupo de edad de entre 40 y 60 años presentan un mayor riesgo de desarrollar enfermedades crónicas no transmisibles que podrían requerirles cuidados en la próxima década. ¿Quién los proveerá? ¿Familiares de su grupo de edad, más jóvenes o personas más envejecidas? No debería ser así. El cuidado no puede seguir recayendo exclusivamente en las familias, por lo que el Estado debe asumir su responsabilidad de generar condiciones que aseguren la protección social de las personas a lo largo de sus trayectorias de vida, especialmente en lo relativo al derecho al cuidado.

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