México venció a Ecuador y avanzó a octavos de final después de 40 años. La ilusión del “¿Y si sí?” para este domingo nos inunda. La fiesta está increíble y el ambiente a todo lo que da… pero hay dinámicas de riesgo que permanecen y no debemos olvidar.
ONU Mujeres ha advertido sobre la evidencia global que también está documentada en el reporte mensual de Ola Violeta, “Mundial 2026 en casa: brechas, violencias y derecho al futuro”, muestra que durante los grandes eventos deportivos los incidentes de violencia doméstica aumentan según el resultado del partido, y crece aún más cuando el consumo de alcohol se suma a la ecuación.
El dato no es especulación. Según un estudio de la Universidad de Lancaster, en Reino Unido, que analizó denuncias policiales en Inglaterra durante los Mundiales de 2002, 2006 y 2010, la violencia machista creció 26% los días en que la selección inglesa ganaba o empataba, y 38% cuando perdía. Si había alcohol, incrementaba hasta 40%. El patrón se repite en otros contextos: en Colombia se documentaron incrementos de hasta 43% durante partidos del Mundial 2014, y en Brasil la violencia doméstica creció casi 24% en días de liga local.
México no es la excepción. De acuerdo con la Red Nacional de Refugios (RNR), las llamadas de auxilio suben entre 15 y 20% durante los partidos del futbol local. Por ello, antes de que rodara el primer balón de la Copa del Mundo en México, Estados Unidos y Canadá, la organización lanzó la campaña “La violencia contra las mujeres no es parte del juego”, luego de documentar que los casos de violencia familiar venían en aumento entre marzo de 2025 y marzo de 2026.
¿Por qué ocurre esto? En los megaeventos deportivos se concentran factores de riesgo que ya existían: alcohol, presión competitiva, intensidad emocional, y hay masculinidades tóxicas que descargan la emoción en casa, principalmente sobre mujeres, niñas y niños. El futbol no crea la violencia, la destapa.
También vale la pena detenerse en algo incómodo: el aumento no depende solo de perder. Ganar también dispara el riesgo, aunque en menor medida. La euforia, igual que la frustración, necesita un lugar donde descargarse, y con demasiada frecuencia ese lugar es el hogar.
Esto no es un llamado a apagar la fiesta, sino una invitación a expandirla: que celebrar a México incluya cuidar a quienes comparten casa con un aficionado. Las líneas de emergencia, los refugios y las redes de acompañamiento no compiten con el festejo, lo hacen posible sin víctimas invisibles.
El domingo, cuando México enfrente a Inglaterra por un lugar en cuartos, miles de familias vivirán los noventa minutos frente a la televisión. La pregunta que queda en el aire no es si México gana o pierde, sino qué pasa después del silbatazo final, puertas adentro, cuando ya nadie está mirando. ¿Y si sí miramos también allá?

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